Trepamos, escalamos duro y nos falta algo, hay cosas que no llegan ya a nuestro espíritu, estamos viejos mañeros ya, pero somos jóvenes. Buscamos misterio, exploración, lejanía, soledad, incertidumbre.
Unas horas
a pie, una chotata que armamos en aquel col, rememorando costumbres
ancestrales, y que ahora nos parece tan cercanas, un desfiladero por el que
inevitablemente hay que mojarse hasta los tobillos. Pasamos a otro mundo, otro
ambiente, aquí las cosas son distintas, valen más, hasta la amistad es otra,
los recuerdos son otros, es este mundo de montañas salvajes y olvidadas que se
te meten por las venas y embriagan el corazón.
Mientras
espero a mis compañeros secándome los pies, recuerdo amigos, momentos vívidos
aquí mismo hace unos años, con el Chango, con mi hermano ó con el Viejo aquel
que me contara historias locas cuando nos metimos en esa primer ruta que
jugábamos a abrir. Cuando rapelamos de noche, con niebla y sin linterna,
mamando experiencia. De repente caigo en la cuenta, aquí nací para estas cosas,
de esto me enamoré. De esos yuyos en los que hay que confiar para pasar un paso
delicado, de esas fisuras sucias y de la piedra que hay que aprender a sentir
golpeándola un poco para ver si es buena. Me enamoré de esto de jugar a abrir
caminos, de descubrir con el alma, de buscar cosas que no existen y encontrar
amistades para toda la vida.
Ahora
vuelvo después de algunos años a este lugar y me abruman los recuerdos.
Ese primer
clavo que pusimos aún esta, y es hermoso volver a encotrarse con él, ahí
comienza un camino hacia arriba, es como una chotata en la pared, divide
mundos, marca un cambio, simple como andar caminando senderos pero distinto,
porque hay que hacerlo paso a paso, hay que entenderse con las malezas primero,
y eso es hermoso.
Mi
compañero le va entrando y me siento feliz de que el también descubra estas
cosas, me mira asombrado detrás de una mata de yuyos fisureros, me muero de
risa, seguramente piensa que estoy loco.
Llegamos al
techo, recuerdo muy vívidamente al Chango en la reunión del pichote con su
casco azul y lo extraño mucho, él ahora esta un poco lejos.
Esta es la
parte más delicada, el Viejo la había
abierto, sique siendo muy dificil para sacarla en libre, dos clavos
buenos protegen un inevitable péndulo aéreo, un par de seguros más que no se
entienden con la roca y zafan. ¡A la bosta todo! Un instante y estoy colgando
de los clavos, lo veo al Juan salido de la reunión que me mira con un dejo de
inquietud.
Resolvemos
rápido el tema y a seguir, encuentro otro ángulo y ahora sí, ya estoy en la
próxima reunión.
Entre
tabaquillos encontramos otro largo interesante de setas de roca y pronto
llegamos a la cumbre del mogote. Aquí se sienten otras cosas, se siente la
amistad, la montaña y el esfuerzo.
Ya
divisamos nuevos objetivos mientras cae la tarde, un último rapel en la noche y
aterrizamos en una jungla de helechos y oscuridad, un arroyo, una cascada, el
abrazo con un gran amigo, arriba nuestro la Vía láctea, vemos la cruz del sur y
el último metro de cuerda que ya cae entre las hojas.
Aterrizaje en la jungla . 6a, A1, 250mts, R. Casas, G.Muratti, C. Y F. Kvarta, J.P. Mosconi.

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