Llegamos a Laguna Parón, 4000msm, durante la
mañana recorrimos desde Caraz un áspero y serpenteante camino. El vehículo un
moderno taxi toyota blanco con caja automática e interior adornado con bizarros
caireles y tapete de terciopelo bordó. Subimos por una pintoresca quebrada
repleta de soñados rincones, vemos lejanas casitas en el fondo de los valles,
arados de mancera, arpas, sombreros, oscuras manos curtidas por el silencio y
una líneas de acequias incas que recorren kilómetros de laderas a la perfección
y aún funcionan. No hablamos. Imágenes de este Perú que a cada rincón se hace
querer demasiado y nos invita a viajar en el tiempo hacia nuestra propia
esencia de montañeros.
Mochilas incomodas al hombro y a caminar, no encuentro lugar para las botas rígidas, asi que van colgando afuera, de a poco el físico olvidado de estas sensaciones, comienza a entenderse con el peso y la incomodidad, la montaña es incomodidad, recorremos el lateral de una laguna y en pocas horas estamos en un pequeño bosque de Quenuales, especie de tabaquillo pero más grande, nos llega un aroma a tierra mojada, ha comenzado a llover.
No
se ven las montañas que nos rodean, pero sospechamos son magníficas. Buscamos
leña, armamos un fuego, la carpa, y los mates. Entre las llamas se pierden
nuestras miradas. Los cálidos destellos de la tarde se van llevando la lluvia y
entre los árboles surge esta visión tan extraña, la de una blanca montaña y ese
contraste entre la vida misma y la pristina belleza inalcanzable, entre la
calidez de la madera y la apacible
frialdad de lejanas laderas cargadas de glaciares. Por eso estamos aquí, para
vivir estos contrastes.
Amanece, se escucha el murmullo de un arroyo que pasa por aca cerca, todavía el sol no pega pero el cielo esta perfecto, aparte del arroyo, todo es silencio, un profundo silencio, aromas a naturaleza y ese aire helado lleno de paz que entra en tus pulmones.
A lo lejos el sol calienta una ladera, la roca se tiñe de amarillos, el cielo es de un azul aterciopelado, juntas un poco de leña y encendés un fuego, una pava negra de hollín se va entibiando y el mate, ese mate que te acompaño a tantas montañas esta entre tus manos esperando, compartiendo todo eso.
La montaña esta hecha de momentos, como la vida, en la montaña los momentos son puros, simples y concretos, la montaña tiene un ritmo y lo impone, no hay apuros, no hay competencia, dejás de ser un número, para ser alguien, para ser único, para ser vos mismo, para ser humano, hombre, mujer, pero SER, con todo lo que eso significa, ser vos mismo. Parece trivial esto de SER, pero en nuestras vidas cotidianas no somos, ni siquiera nos conocemos, solo deambulamos en automático.
Sentirte primitivo, salvaje, pionero, descubridor, responsable de tus decisiones, entrelazar íntimamente tu existencia con la naturaleza, sentir la bella y profunda simpleza de la vida que corre por tus venas a cada minuto.
La pava esta lista, te sentás en el piso y ahí
tirado medio ahogado por el humo, te dedicás a apreciar el aroma de la yerba
que se mezcla con el perfume de la leña que se va quemando. Ya se oyen los
pájaros, uno bastante caradura se arrima hasta tus pies, tan cerca que te reís,
y el te mira, y le hablás. Te sacó una
sonrisa algo tan simple.
La luz del sol ya te da en la cara, empezaste a sospechar lo que significa la palabra sol. Parece tan obvia la existencia del sol, tan simple, pero en la montaña vuelve a adquirir su verdadera dimensión, el sol es verdaderamente LA VIDA, muy a menudo es la única fuente de calor. Muchas veces se lo espera con tanta ansiedad que la noche se hace muy larga. Hay una gran diferencia entre un día con sol y un día nublado. En la montaña te has empezado a dar cuenta de que hay un significado mucho más profundo de la luz y de las sombras, de la noche y del día, de amaneceres y atardeceres. Eso lo habías olvidado en la ciudad. Hay una gran diferencia no solo en temperatura, sino más que nada anímica en el hecho de que recibas o no la luz del sol.
Asi son las montañas...


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